El héroe que nadie quiso encontrar


Por Ángel Roldán. Ingeniero de Montes.

Cada verano, cuando el fuego arrasa los bosques, es habitual echar la culpa a lo que arde,  a determinadas especies forestales a las que se etiqueta como villanos.

Una vez más, el eucalipto ha sido elegido como el villano favorito. Esta vez, por su participación en el incendio de Niebla, en Huelva (ABC Sevilla). La especie ha servido para justificar el incendio de mayor envergadura que ha sufrido Andalucía y que comenzó el 6 de agosto de este año, calcinando más de 33.000 hectáreas pobladas, además de por eucaliptos, también por alcornoques o encinas.

Para entender por qué hemos convertido al eucalipto en uno de los grandes villanos de los incendios forestales hay que viajar muy lejos y bastante atrás en el tiempo en un viaje apasionante.

El eucalipto no nació aquí, lo hizo en Australia. Las grandes expediciones científicas europeas del siglo XVIII lo trajeron en barco hasta Europa en plantas y semillas. En 1.774 se cultivó el primer eucalipto europeo, Eucalyptus obliqua, en Kew, Inglaterra. Después vendrían nuevas especies y ensayos. El viaje continuó hacia Portugal, donde se documenta su presencia desde 1.829, y posteriormente hacia España, con referencias en Galicia desde mediados del siglo XIX (Silva-Pando y Pino-Pérez, 2016)

Aquellos eucaliptos comenzaron a plantarse en determinados lugares para formar colecciones con las que satisfacer la curiosidad y la experimentación. Se quería saber qué especies podían aclimatarse en cada lugar, cómo crecían y qué utilidad podían tener. Lourizán, en Pontevedra, es una magnífica fotografía de aquella época: sus colecciones de eucaliptos terminaron convirtiéndose en un auténtico laboratorio forestal (Silva-Pando et al.). 

Foto histórica del Pazo de Lourizán. Fuente: www.historiadegalicia.gal

Así, mientras en Galicia el árbol australiano crecía en arboretos y parcelas de experimentación tras navegar por medio mundo, cientos de miles de gallegos hacían las maletas entre finales del siglo XIX y buena parte del XX, con el mismo propósito: coger un barco para encontrar, al otro lado del océano, mejores oportunidades que en el medio rural.

En este ir y venir, alguien descubrió una característica de aquellos árboles exóticos que iba a cambiarlo todo: el eucalipto crecía mucho y en aquella época disponer de madera era una virtud extraordinaria.

Eucalipto centenario en el Pazo de Rubianes, en Vilagarcía de Arousa (Pontevedra).Fuente:www.arbolesconhistoria

Era el milagro que el medio rural y el campesinado necesitaban para hacer rentables sus reducidas y fragmentadas propiedades agrarias. Los montes no se entendían como hoy son, estaban al servicio de la ganadería y de la agricultura. La cabaña ganadera era tal numerosa que los espacios agrícolas eran insuficientes para su mantenimiento (Lage Picos).

Por aquel entonces el tojo, el brezo y otros matorrales que había en el monte, alimentaban a la ganadería que los aprovechaban mediante el pastoreo con el que el campesinado obtenía carne y leche (Carmona Badía, 1.982; García-Lombardero, 1.985). Los tojos y helechos servían de lecho en las cuadras para el ganado y con la mezcla de sus deyecciones se producía el estrume, el abono necesario para nutrir a los cultivos agrícolas, que también se expandían de manera temporal por el monte. Ante la ausencia general de arbolado, el matorral como el brezo, tenía tal consistencia leñosa que permitía utilizarlo como combustible en los hogares (Lage Picos).

El campesinado en el aprovechamiento de la leña de brezo. Fuente: Galicia campesina

¿Y por qué llegó el eucalipto hasta aquellos montes cubiertos de matorral y de arbolado profundamente degradado? Pues porque en el siglo XX el sistema agrario comenzó a romperse. Los fertilizantes minerales redujeron la necesidad de matorral como base del abono. La especialización ganadera modificó la alimentación del vacuno, aumentando el uso de forrajes y piensos. La emigración redujo la mano de obra disponible. Y numerosos aprovechamientos tradicionales del monte fueron desapareciendo. El monte tenía que encontrar una nueva función económica. Y la encontró en la madera (Lage Picos).

“En donde no había más que tojos, brezos y abundancia de gruesos y retorcidos madroños cuyas leñas aprovechaban los vecinos en sus hogares y los herreros en sus fraguas” (Areses, 1953: 104), era donde aquellas repoblaciones se comenzaron a realizar por el campesinado, es el caso del municipio de Pontearas en 1.911 (Copena, Damián).

La necesidad de madera, durante la Primera Guerra Mundial (1.914-1.918) creció y el eucalipto dejó de ser una curiosidad: se convirtió en oportunidad y recurso para las familias del rural que abandonaron el cultivo y aprovechamiento del tojo, del brezo o del cereal. El experimento pasó a plantación. De plantación a madera. De madera a industria. Y para miles de propietarios, el eucalipto era una oportunidad de obtener una renta de una tierra de la que necesitaban vivir para no emigrar.

A partir de 1.950 el proceso repoblador se aceleró, además de realizarse en los terrenos privados, también comenzaron a ejecutarse en los terrenos públicos a cargo de las administraciones que progresivamente fueron implantando nuevas masas forestales a base de eucaliptos y pinos transformando el paisaje descarnado que presentaban los montes. Los terrenos forestales dejaron de estar al servicio de la agricultura y la ganadería para a convertirse en un activo forestal con entidad propia (Lage Picos).

Trabajos de repoblación forestal por el Patrimonio Forestal del Estado. Fuente: Archivo del Servicio Provincial de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente de Zaragoza

Esta es una parte de la parte de la historia que no se quiere quiere contar, pues supondría dejar de creer que las plantaciones de eucalipto en Galicia y otras zonas del país conllevaron el arranque de extenso robledales y castañares, poblados por grandes y maduros ejemplares, algo que en términos generales no se produjo. Y claro, eso consecuentemente nos obligaría a cambiar el relato y sacar al eucalipto de la lista de villanos de los bosques.

Los testimonios de la época cuentan esta verdad incómoda: Galicia no era una tierra de inmensos robledales. Antonio de Valenzuela Ozores describía en 1865, a los robledales como conjuntos de árboles «raquíticos, torcidos, agrietados y nudosos», sometidos a la presión del ganado y a las necesidades campesinas. Décadas después, Rafael Areses hablaba de extensiones despobladas y de la profunda descapitalización de los montes (Picos, 2018). 

Agricultura, ganadería y montes, un mismo aprovechamiento. Fuente: Galicia campesina.

Este mito ha desembocado en otra falsa creencia, la de pensar que si en lugar de esos eucaliptos, y también pinos, estuvieran esos bosques imaginarios de preciosos y majestuosos robles o castaños, no habría incendios. Algo que si hubiera realmente sucedido tampoco sería cierto. Y para volver a desmentir esta fantasía hay que volver a viajar y regresar a 2.026, al incendio de Niebla, en Huelva.

Allí el fuego calcinó casi 12.000 hectáreas de eucaliptar, pero caracterizado por algo de lo que pocos hablan: se trataba de una masa matorralizada, llena de rebrotes y sin accesos, es decir, se encontraba ausente de gestión forestal durante décadas. Compartiendo territorio quemado, se encontraban los alcornocales, que se extendían por un total de 6.500 hectáreas, casi el 20% de la superficie total afectada en el incendio (Asociación de empresas de madera y biomasa de Huelva).Sin embargo nadie ha señalado al alcornoque como villano, porque eso nos llevaría a desmontar el sueño romántico que tenemos de aquellos bosques que nunca existieron en la época en la que llegaron los eucaliptos.

Formaciones forestales afectadas por el incendio de Niebla, Huelva, en agosto de 2.026. Fuente: www.eduforestry.es

Y en esta encrucijada de dudas y preguntas, ¿que pensaríamos si un día descubrimos que los eucaliptos se comportan ante el fuego como otra especie arbolada? Para descubrirlo, hay que viajar hasta el municipio de Litos en Zamora. Allí el fuego devoró gran parte de la sierra de la Culebra en 2.022 con más de 55.000 hectáreas quemadas y decenas de especies calcinadas: encinas, alcornoques, quejigos, pinos o castaños, entre otros. 

En mitad de la nada es fácil poder encontrar, alrededor de unos cincuenta eucaliptos supervivientes a la catástrofe y que, sin embargo, nadie convirtió en símbolo, nadie quiso abrazarse a ellos, nadie se preocupó por hacerlos portada de informativos. Eso hubiera supuesto admitir que el eucalipto no siempre arde, y entonces ¿a quién íbamos a culpar?

Ubicación de los dos rodales de eucaliptos supervivientes. Fuente: Google maps.

Y ahí está el verdadero problema. El fuego no pregunta que especie es buena o mala. No sabe si un árbol es autóctono o llegó desde Australia. El fuego encuentra el combustible y avanza gracias a la estructura que presenta el bosque en cada lugar, según está construido, indiferentemente de la especie que lo puebla. Porque el fuego quema el bosque de manera similar a otro cuando presentan estructuras similares, haciéndolo con más intensidad cuanto mayor la continuidad de su combustible y su carga, o dicho de otra manera cuanto más matorral, más rebrotes o más árboles hay. Y por eso la diferencia del comportamiento del fuego entre los incendios en unos bosques y otros está en el grado de su aprovechamiento y su cuidado, no de lo que arde.

Convertir a los árboles en héroes o en villanos, cuando lo que realmente condiciona el fuego es el paisaje que hemos construido, además de no tener sentido, es gran un error que nos aleja de entender las causas del incendio para poder evitarlas o reducirlas.

A fin de cuentas el eucalipto no es un árbol ni bueno ni malo. Es un árbol que sirve a las familias, a la industria y al país, a muchos que lo llaman héroe, más allá de Galicia, aunque casi nadie lo haga lejos de donde crece. Sin embargo, cuando las cosas no son como nos gustaría, seguimos alimentando el mito para encontrar al villano que todos deseamos encontrar.

Y aunque nadie quiso encontrarlos y menos convertirlos en héroes, los eucaliptos están allí, donde algunos sobreviven y otros muchos, afortunadamente, siguen siendo útiles para todos.

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