Por Ángel Roldán Martínez, ingeniero de Montes.
La vieja ardilla no lo sabía, pero llevaba siglos recorriendo España. Saltaba de una copa a otra sin tocar el suelo. Atravesaba pinares, robledales, hayedos y alcornocales. Cada árbol era un puente; cada rama, un paso más hacia su camino. Al menos eso contaba la historia que se atribuyó erróneamente al geógrafo griego Estrabón, aunque nunca la escribió, ni tampoco visitó la Península Ibérica. Más tarde la historia fue popularizada por Félix Rodríguez de la Fuente.
Nunca sabremos si aquella historia fue real. Lo importante es que nosotros sí creímos en ella. Y sin darnos cuenta, empezamos a mirar nuestros montes con lo mismos ojos que aquella ardilla. Si ella no podía cruzar la Península sin bajar al suelo, era porque España había perdido sus bosques. La conclusión parecía indiscutible: plantar árboles era bueno y necesario; y cortarlos, algo similar a atentar contra la naturaleza.
Aquella idea terminó marcando nuestra manera de entender la conservación de los bosques.

Forges también cayó en el error de la atribuición de la historia a Estrabón en el dibujo que publicó en El País del 10 de noviembre de 2006.
A mediados del siglo XX España era un país muy distinto al actual. El territorio presentaba un aspecto desolador tras siglos de sobrepastoreo, incendios, roturaciones y aprovechamiento del monte sin control. Recuperar los bosques era una necesidad ecológica, económica y social. Así se concibió uno de los mayores planes de restauración forestal mundial del momento que se inició en los años 40 y que consiguió ejecutar el grueso de la superficie repoblada en el siglo XX en España, más de 5 millones de hectáreas de nuevos bosques para nuestro país.
La repoblación forestal era también un sueño para la ardilla más querida del país que mantenía la esperanza de volver a repetir su hazaña.
Mientras el siglo XX avanzaba, los montes recuperaban el arbolado y el paisaje agrícola también sufría cambios. A partir de los años cincuenta los campos se fueron vaciando, para llenar las ciudades. Actividades en el campo que desaparecían sin proponérselo, equilibrio que se rompía supuestamente en favor de la naturaleza y, por supuesto, de la ardilla.
Los rebaños dejaron de recorrer los montes. La leña dejó de recogerse. La resina de los pinos dejó de aprovecharse. Muchos pequeños cultivos fueron abandonados. Sendas y caminos dejaron de utilizarse. Allí donde antes había personas trabajando apareció el matorral. Donde existían mosaicos de cultivos comenzaron a crecer árboles. Los claros de los bosques, desaparecieron. El paisaje iba ganando en continuidad y el camino para la vieja ardilla cada vez era más evidente. La espesura de los árboles permitía que las ramas enlazaran entre sí.

Idígoras y Pachi publicaron el 21 de agosto de 2025 una singular versión del mito.
A partir de los años ochenta gran parte del territorio español comenzó a protegerse. Se declararon decenas y decenas de parques naturales, reservas y otras figuras de protección, a los que posteriormente se añadieron las Zonas de Especial Protección para las Aves y las Zonas Especiales de Conservación de la Red Natura 2000, lo que demostraba la gran diversidad de especies, hábitats, paisajes y ecosistemas existentes en nuestro país.
Y así los bosques cada vez eran más extensos, más continuos, más protegidos y menos intervenidos. Parecía ser el escenario idílico para la ardilla.
Con unos bosques en plena recuperación y en los que cada vez había menos gente que vivía de su aprovechamiento, los clareos, los resalveos, las podas, los desbroces o las cortas comenzaron a someterse a una intervención administrativa que iba a ser creciente: informes, autorizaciones o requisitos. Había que cuidar la naturaleza y las actuaciones forestales parecían amenazar la propia supervivencia de los bosques. Trabajos que quizá pocos explicaban a una sociedad cada vez más alejada del territorio forestal. Y así la actividad forestal, la que desde siempre se realizaba para el cuidado del ecosistema y su aprovechamiento sostenible, empezó a llenarse de dificultades y a causar desaliento entre los vecinos de los pueblos forestales, los que no querían renunciar a su vida en los montes, los que no querían emigrar a la ciudad, los que no querían abandonar los bosques a su suerte.
Ajeno a todo lo anterior, incluido el sueño de la ardilla, el bosque crecía. Hacia arriba y hacia los lados. Fue ocupando antiguos cultivos, antiguos pastizales y antiguos caminos. Las discontinuidades terminaron por desaparecer. Las copas terminaron por formar un continuo, una vista interminable y un precioso corredor verde para la ardilla.
El sueño de este roedor estaba prácticamente listo para cumplirse. Y nosotros a partir de los 2000 celebrábamos aquel territorio protegido, hoy en el 27% del país, como uno de los mayores éxitos de la conservación de la naturaleza en España.

Una nueva referencia al mito de la ardilla a cargo de Idígoras en el Diario Sur.
Nadie podía imaginar, que con todo este trabajo de repoblación y protección, la ardilla no iba a ser capaz de realizar el recorrido. Fue otro habitante del ecosistema forestal el que dio al traste con el ambicioso plan. Llegó antes que la ardilla. Se posicionó en el matorral y de allí trepó por el tronco de una encina. Alcanzó la copa. Y, una vez allí, fue saltando de copa en copa, y ya no volvió a tocar el suelo.
El fuego había descubierto el camino de la ardilla. Durante décadas nadie imaginó que el gran corredor verde iba a ser utilizado por el fuego para quemar decenas de miles de hectáreas en pocas horas a una velocidad imparable.
Esa veloz carrera la hemos visto estos pasados días en Burgohondo, la Sierra Oeste de Madrid, La Vall d’Uixó, La Mierla, Fermoselle o la comarca de Las Cinco Villas, donde los megaincendios han arrasado más de 130.000 hectáreas de un valor natural incalculable. Mismos fuegos que arrasaron maravillosos bosques en Molezuelas de la Carballeda-Castrocalbón, Benuza, Chandrexa de Queixa, la Sierra de la Culebra o Sierra Bermeja, entre otros.
Pueden cambiar, los nombres, las provincias o la causa que enciende la primera llama. Lo que casi nunca cambia es el paisaje continuo que acaba siendo arrasado por un frente de llama que no encuentra interrupciones en su veloz camino.

Viñeta de Tomás Serrano versionando el mito de la ardilla tras el paso del fuego
La ardilla nunca tuvo la culpa. Ni siquiera sabemos si existió. El error fue nuestro. Pensamos y seguimos pensando que España es un país sin bosques cuando ya es el segundo país más forestal de la Unión Europea. Y lo infravaloramos hasta que aparece el fuego. Creímos que declarar espacios protegidos a base de construir fronteras utilizando normativa pesada para prohibir actividades o condicionarlas en buena parte, es el mejor modelo para conservar la naturaleza. Y hasta en muchos casos, nos intentaron y nos intentan convencer que las personas lejos de los bosques es lo mejor que le puede suceder a la amada ardilla y por supuesto al ecosistema forestal.
Y nos equivocamos porque en buena parte de las ocasiones se nos olvida incluir en la ecuación a pastores, agricultores de montaña, resineros, ganaderos, leñadores, cortadores de madera o selvicultores, entre otros. Hace décadas no trabajaban para evitar los megaincendios; simplemente vivían del bosque. Pero al hacerlo abrían caminos, mantenían pastizales, aprovechaban la madera, reducían el combustible y creaban un paisaje diverso, donde el fuego encontraba límites para no convertirse en una catástrofe. Sin ellos o más bien cada vez con menos, hoy lo tenemos realmente difícil porque el territorio ha dejado de ser defendible frente al fuego.
Un cúmulo de falsas creencias con los que hemos crecido que nos han hecho construir un paraíso natural que no existe, que se esfuma cada vez que el fuego encuentra el camino de la ardilla. Cuanto antes abandonemos este imaginario creado por el mito de la ardilla antes nos daremos cuenta que el fuego no es el verdadero problema, es el síntoma de un paisaje que hemos hecho cada vez más vulnerable tras décadas de abandono, decisiones equivocadas y una profunda desconexión con la cultura del bosque. Cuanto antes lo hagamos, evitaremos perder más capital natural para el país y para nuestros hijos e hijas.

De nuevo Tomás Serrano recrea la historia en un futuro negro
Quizá dentro de unos años la vieja ardilla siga cruzando España de árbol en árbol. O quizá nunca pueda hacerlo. Si finalmente el resultado no nos importa, entonces habremos alcanzando el suficiente nivel de educación forestal que necesitamos. El que nos permita distinguir las causas de las consecuencias. Pero para que eso ocurra, el sistema educativo debe cambiar urgentemente, incluyendo la educación forestal en los currículos escolares.
Retomar la gestión del paisaje forestal, el aprovechamiento sostenible de los bosques y los usos forestales, es decir, trabajar en las causas; es la única opción que nos queda para que la consecuencia, el fuego, no vuelva a encontrar el camino de la ardilla.
Ya lo dijo Ramón y Cajal en 1921 mientras visitaba Sierra Espuña: “Repoblar los montes y poblar las inteligencias son los dos ideales que debe perseguir España para alcanzar el respeto de las Naciones”. Ahora además de seguir con la repoblación forestal de los bosques que estamos perdiendo, debemos emprender el segundo mandato, repoblar las inteligencias, y para eso necesitamos muchísima educación forestal, en las aulas y más allá.

Especial agradecimiento a Vetustideces por la recopilación de viñetas sobre el mito de ardilla.


14 respuestas
Una excelente y emotiva explicación de las necesidades en los bosques y de la integración de la educación ambiental en las escuelas.
Enhorabuena
Gracias Mar. Entre todos podemos exigir una educación forestal, en las aulas, en los medios de comunicación o en los programas políticos. Ahí está la clave.
Un saludo.
Un relato muy bonito. Ya era hora de que alguien criticase a las ardillas. Ellas parecen santas…; ¡pues no lo son tanto!
Las apariencias engañan.
En conclusión: ¿Sin ardillas no hay incendios?…, no me he enterado bien, creo.
Gracias Gabriel. Todo depende de lo que nos hayan contado y de lo que hemos dado como cierto sin consultar a la ciencia, a la historia o los pobladores que tienen el conocimiento y la experiencia. Por eso la educación forestal es básica y representa los cimientos sobre los que construir el cambio que necesitamos para evitar estos megaincendios.
hace años oí hablar de los mega incendios que nadie podía apagar. Lamentablemente creo que cada verano será así, más y más hectáreas quemadas y políticos y administraciones mirando hacia otro lado. y los que lo sufren son los cada vez menos habitantes de las Onas rurales. Estos días me fijaba en las cuentas de las carreteras, maleza y basura por doquier, prestos a arder y que el bosque se detrás se incendie. hay esperanza? quiero creer que si. El relato de la ardilla refleja una realidad con un lenguaje claro y ameno para explicar el problema de las trabas a la limpieza y aprovechamiento del bosque El poco que va quedando.
Gracias Rosa María. Afortunadamente nos quedan muchos bosques, pero los vamos perdiendo demasiado rápido en comparación con el tiempo y el esfuerzo dedicado a su implantación y desarrollo. Estamos a tiempo de conseguir el cambio, pero para eso es urgente comenzar por la base, por enseñar educación forestal en las aulas.
Un saludo.
Ángel, me ha parecido un artículo muy necesario y muy bien contado. El mito de la ardilla resume perfectamente el error: confundir abandono con conservación. Sin ganadería, agricultura, aprovechamientos y gestión activa, el monte acumula combustible y deja de ser defendible. Ojalá este mensaje llegue a mucha gente, porque hace falta mucha más educación forestal y menos decisiones hechas desde lejos del territorio. Enhorabuena.
Muchas gracias por tu comentario Diego. Para conseguir más educación forestal debemos defender un modelo educativo en el que se enseñe a gestionar los bosques, el paisaje forestal y el territorio. Esa es la base para conseguir el cambio.
Un saludo.
Muchas gracias.
Aunque en realidad en «el problema de los incendios» hay muchos aspectos para analizar (causalidad, velocidad y forma de progresión, form ade evaluación de los valores a proteger, etc, etc) y tampoco se puede abordar de una manera simplista.
Son muchos los factores imbricados a tener en cuenta entre ellos la extinción o la causalidad sobre las que Sí se puede actuar de forma rápida.
Cambiar a tiempo la estructura economía de país lo veo poco realista. Y medios como el de Madrid, plagados de urbanizaciones, ya en su día legalizadas a la fuerza, dónde los habitantes conviven con el medio sin conocer o respetar el mismo tampoco ayuda.
Las condiciones climáticas en las que se desarrolla la extinción se han vuelto extremas, pero, en mi opinión, es en la extinción y en la vigilancia dónde hay que revisar con espíritu muy crítico para mejorar la actuación (no dejar de actuar sobre los incendios cuando aún son abordables con el «objetivo» de proteger infraestructuras o personas (que a veces nos se encuentran en esa situación de peligro real) lleva a escenarios dantescos inabarcables en los que no hay experiencia previa.
Y por supuesto en educación cívica: no podemos seguir creyendo que la culpa es de las administraciones y pretender actuar libremente de forma individual en cada momento sin consecuencias (limpieza de fincas, colillas, coches, maquinaria, celebraciones, etc).
Gracias Miriam por tu comentario tan extenso y completo. Ante problemas complejos como los incendios, soluciones complejas y por eso esta historia tan simple y conocida sirve para que cualquiera pueda entender dónde estamos y por qué. Por eso la educación es básica para entender el ecosistema forestal desde sus múltiples puntos de vista: económico, social y ambiental. Pues su comprensión es la base para el cambio.
Un saludo.
Bravo por relato, invertir el cambio en la explotacion agraria lo veo muy difícil, ahora bien sacar un plan nacional para la creaccion masiva de cortafuegos, la limpieza y ensanche de los actuales y la reducción de la densidad mediante tala ¿podrían ser una solución a corto plazo? Que presupuesto global por año y número de años sería necesario?
Gracias por tu comentario Alberto. En estos momentos la propuesta es un Pacto de Estado contra los Incendios Forestales en el que habría que invertir al menos 3 millones de euros anuales para la gestión de 1 millón de hectáreas en un horizonte de 20 años.
Si queremos revertir la situación, la gestión forestal debería pasar a ser una política de Estado. Se estima que los hogares de unos 8.5 millones de españoles están amenazados por los incendios forestales. Es en las cercanías a estos núcleos de población donde sería prioritario actuar lo antes posible como una medida de protección civil e interés general.
Un saludo.
Qué interesante y…qué lógico así explicado! Ojalá estas ideas se fueran metiendo en l cabeza desde pequeños:cómo cuidar nuestras bosques a la vez q los disfrutas.
Muchas gracias por tu comentario María. De eso se trata, que nos nuestros pequeños crezcan con cultura forestal y conectados realmente con la naturaleza. Lejos de mitos y de historias que nunca serán verdad. Cerca de la ciencia y de los profesionales forestales. Será la única manera que la situación pueda revertirse.
Un saludo.