Los glóbulos verdes de un sistema inmunitario silencioso

Cuando un médico observa una analítica, sabe interpretar el estado del sistema inmunitario del paciente, o lo que es lo mismo, qué capacidad real tiene para defenderse de infecciones y agentes patógenos. Los niveles de glóbulos blancos en sangre permiten estimar si el sistema inmune está preparado o comprometido.

Sin embargo, ¿cómo podríamos conocer el estado del “sistema inmunitario” de un territorio? Es decir, ¿cuales son el conjunto de mecanismos naturales que protegen a toda una sociedad frente a pandemias y enfermedades?

Gracias a los “glóbulos verdes” podemos interpretar esa salud colectiva: ecosistemas que funcionan como auténticos anticuerpos sociales y que, para cumplir su función, deben mantenerse en condiciones óptimas.

¿Quiénes son y cómo funcionan?

Los glóbulos verdes actúan de manera silenciosa, aunque los vemos cada día sin reconocer su papel. Son los ecosistemas forestales, que actúan como barreras naturales capaces de absorber, filtrar y frenar patógenos con potencial infeccioso.

Cuando estos ecosistemas se degradan, esas barreras se debilitan y aumenta la probabilidad de que virus y bacterias crucen la frontera ecológica y lleguen a humanos o animales domésticos.

La pandemia de COVID-19 lo dejó claro. El SARS-CoV-2 ha provocado más de 770 millones de casos y más de 7 millones de muertes en el mundo. Organismos como la OMS, la FAO y el PNUMA han señalado la relación directa entre degradación ambiental y zoonosis.

La ciencia respalda esta idea. El “efecto dilución” demuestra que una mayor biodiversidad actúa como un escudo biológico, reduciendo la probabilidad de transmisión de enfermedades (Keesing et al., 2010).

El bosque funciona así como un sistema inmunitario a gran escala. Cada especie, cada depredador, cada árbol forma parte de una red compleja de defensa. Cuanto mayor es su biodiversidad, mayor es su capacidad para contener y amortiguar enfermedades, reduciendo su impacto no solo en la naturaleza, sino también en la salud humana, la economía y el sector agroalimentario.

Ecosistemas gestionados

Este equilibrio no se mantiene solo. Requiere ciencia, seguimiento continuo y decisiones técnicas especializadas por parte de profesionales de la gestión forestal. Es una labor constante, comparable a la medicina preventiva del territorio, que mantiene a los glóbulos verdes en condiciones óptimas.

Corta de regeneración del bosque y aprovechamiento de madera. Monte «El Raso», n°265 del CUP. Cerezo de Arriba, Segovia, 2025. Fuente: Servicio Territorial de Medio Ambiente de Segovia de la Junta de Castilla y León.  

La gestión forestal no solo conserva los ecosistemas, sino que se convierte en una herramienta directa de salud pública. Gestión que incluye la de la fauna y consecuentemente la acción de cazar, que cumple un papel esencial ayudando las poblaciones faunísticas a mejorar su trabajo como sanitarios del ecosistema. Por ejemplo los carroñeros eliminan focos de infección antes de que se propaguen. Los depredadores funcionan como filtros sanitarios, eliminando individuos enfermos o débiles. Y los cazadores, disminuyendo las poblaciones de las especies cinegéticas y consecuentemente el riesgo de transmisión de enfermedades, representando un pilar clave de la sanidad animal. 

Cuando hay que intervenir

El caso de Cataluña ilustra lo que sucede cuando este ecosistema se desequilibra. En este caso, la sobrepoblación de jabalí ha superado su capacidad de regulación natural del propio ecosistema.

Desde 2024, la peste porcina africana se ha detectado en más de 230 animales, tras analizar más de 2.700. La respuesta incluye la reducción de hasta 12.000 ejemplares en las zonas afectadas.

Un cazador junto a un jabalí. © Israel Hernández

El problema no es la especie, sino la densidad poblacional. En algunas zonas se alcanzan hasta 15–20 jabalíes por km², lo que facilita la rápida propagación de la enfermedad. Cataluña concentra más del 40 % del porcino español, por lo que un brote descontrolado tendría graves consecuencias económicas y sanitarias para el sector, como advierten el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria.

En este contexto, la caza  es una herramienta preventiva clave para mantener poblaciones en niveles compatibles con la salud del ecosistema.

Si el ecosistema se debilita

En Doñana, hasta el 70–80 % de los jabalíes presentan tuberculosis bovina (Mycobacterium bovis), según estudios del CSIC (2018–2022). Esta elevada infección está directamente relacionada con la sobrepoblación, que favorece la transmisión y convierte al jabalí en un reservorio persistente del patógeno, lo que dificulta su erradicación en el ganado, tal como recogen los programas de la Unión Europea.

En este contexto, reducir la densidad poblacional es una intervención sanitaria imprescindible para disminuir la circulación de la bacteria y limitar el riesgo para ganado, fauna y personas.

Un jabalí camina junto a un ave acuática en una foto de archivo. © Shutterstock

La salud humana, la raíz del paisaje

Los bosques no solo nos rodean: nos protegen. Son un sistema vivo de defensa, una infraestructura natural que permanece invisible ante nuestros ojos y que actúa en silencio para mantener a raya enfermedades y pandemias.

Pero ningún sistema inmunitario se mantiene por sí solo. Necesita observación, conocimiento científico y acción. Aquí entra la ingeniería forestal, la disciplina que diagnostica, previene y corrige los desequilibrios del territorio en los bosques. Y una de las acciones para conseguirlo, es la caza que cuando es planificada y basada en la ciencia, forma parte de las herramientas esenciales para la salud global.

Porque gestionar los bosques no es solo una cuestión ambiental. Es una estrategia de salud pública, es proteger desde la raíz, la vida de todos.

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