La otra pandemia silenciosa, la de los bosques

Por Ángel Roldán Martínez, ingeniero de Montes.

Los bosques también sufren pandemias, a veces muy similares a las que afectan a los humanos como es el caso de la inflamación de bajo grado que actualmente sufre gran parte de la población mundial y que  suele manifestarse a través de enfermedades como la diabetes tipo 2, entre otras.  Esta respuesta inflamatoria que se produce en el cuerpo humano resulta de combinar dos factores: una alimentación basada en azúcares, grasas saturadas y alimentos procesados; y un estilo de vida poco saludable dominado por el estrés y el sedentarismo.

Los bosques españoles, al igual que otros a lo largo de la geografía mundial se enfrentan a una pandemia similar, la inflamatoria. Una pandemia tan grave que muchas de las masas forestales han alcanzado la obesidad mórbida y en muchos casos se ha convertido en crónica.

Los periodos de sequía, cada vez más largos y frecuentes; las numerosas olas de calor, cada año más tempranas e intensas; y los eventos climatológicos extremos, someten a los bosques mediterráneos a un continuo estrés. Si a ello se une el elevado número de árboles que crecen en su interior sin gestionar y las grandes cantidades de madera que almacenan, el resultado son unos bosques al borde del infarto o del cáncer, o que es lo mismo, preparados para sufrir un gran incendio forestal, siendo sólo cuestión de tiempo esperar a que se produzca «la tormenta perfecta» (ignición, meteorología adversa y humedad del combustible muerto, además de la propia continuidad de este último). 

¿Y cómo los montes han llegado a este estado de salud tan deteriorada?

Sin duda, de manera silenciosa. El punto de inflexión se produjo en los años 40, cuando el paisaje forestal en España se encontraba bastante castigado y la superficie que ocupaban los montes arbolados, los bosques, era mínima, casi 12 millones de hectáreas, creciendo en buenas condiciones ecológicas, tan solo unos 5 millones. Tal deterioro vino determinado por la necesidad de roturar terrenos para cultivo y la ejecución de políticas desamortizadoras  que redujeron la superficie forestal en unas 6 millones de hectáreas.

En los años 40 los montes del país presentaban un estado escuálido, similar al de muchas familias que sufrían hambre y penalidades tras la guerra civil española. En los montes la población saciaba sus necesidades: pastos para el ganado, leña para sus hogares, madera para construir o frutos para sus estómagos.

De manera parecida los montes desarrollaron estrategias para adaptarse a cada momento, aumentando su capacidad de resilencia y de fortaleza, lo que les permitió sobrevivir.  Así, a pesar de su delgadez, los bosques adoptaron una complexión atlética que se caracterizaba por su estructura en mosaico, que les hacía versátiles y capaces de enfrentarse a cualquier situación. 

En estos bosques “atletas” había espacio para los múltiples usos que los vecinos desarrollaban:  la agricultura, la recolección de frutos, la alimentación del ganado, el aprovechamiento de madera, leña, matorral… La fauna hacía algo similar, disponía de una gran variedad de lugares para alimentarse, anidar o protegerse de los depredadores. Y también la flora, incluso la más amenazada hoy día, se desarrollaba en aquella diversidad de ambientes donde la luz se colaba por todos los rincones.

Transporte de fornilla. La fornilla era el conjunto de gavillas o garbas de leña de monte bajo que se aprovechaban como combustible para los hornos de cerámica y para las alfarerías u ollerías de barro pardo donde se fabricaban pucheros y distintos tipos de cazuelas para cocinar. Fuente: ayuntamiento de Requena.

Y aunque los bosques atletas no tenían la capacidad de moverse para huir del fuego, se defendían fácilmente de los incendios. Repletos de discontinuidades, con zonas más húmedas, otras agrícolas y con un bajo número de árboles y de madera, era difícil que pudieran arder como lo hacen hoy.

Como buenos atletas, estos bosques tenían sus propios entrenadores: carboneros, carreteros, pastores, resineros, gancheros, fornilleros, o esparteros. Se encargaban de mantenerlos ligeros pero bien alimentados, pues al ser escasa la vegetación, la lluvia siempre era suficiente para todos ellos, incluso en época de sequía. 

Obtención del carbón a través de la leña obtenida del bosque. Fuente www.rtve.es

 Algunos entrenadores crearon sus propios equipos. A golpe de azada y pala repoblaron gran parte de la superficie degradada en la que crecía la vegetación forestal y otra rasa o en estado de erosión. Así desde 1940 hasta la actualidad se han repoblado más de 7 millones de hectáreas de nuevos bosques para el país.

Repoblación forestal de la sierra de Espuña, Murcia, finales del siglo XIX . Fuente: Fototeca forestal.

Y entonces, ¿qué es lo que pasó a mediados del siglo XX para que los bosques atletas se convirtieron en bosques obesos?

Pues que, sencillamente, sus entrenadores fueron retirándose. Como habría hecho cualquiera, quisieron mejorar sus vidas y en una continua marcha silenciosa fueron emigrando a las ciudades para abandonar sus penurias en los bosques. Su marcha se agudizó en la década de los 60 cuando el petróleo sustituyó a la leña como combustible y el plástico a la madera que se utilizaba para fabricar objetos. Los agricultores, los otros entrenadores, pero de las tierras agrícolas que ayudaban a los bosques a crear mosaico en el paisaje, también comenzaron marcharse. 

Con menos entrenadores y sin que la población necesitara cortar árboles para emplearlos en construcción, combustible o utensilios, los bosques atletas fueron perdiendo su condición física. A la vez muchos de los bosques que se iban creando por repoblación también dejaron de podarse, clarearse, en definitiva, de cuidarse y el paisaje forestal fue engordando. 

La estructura atlética, la tipo mosaico de los bosques fue desapareciendo, llenándose su interior de miles de árboles. Cada vez con menos luz y con vegetación más continua, los montes fueron perdiendo su capacidad para defenderse del fuego y la biodiversidad que albergaban. Así desde 1975 a 2010 en los bosques españoles crecieron en su interior más de 10.000 millones de árboles y el volumen de su madera se duplicó. A ello contribuyó también el declive de la ganadería extensiva que se alimentaba en los montes.

Hoy los bosques, la mayoría obesos, presentan un claro riesgo de padecer enfermedades autoinmunes, como le ocurre a los humanos que padecen obesidad desarrollando la artritis reumatoide, la enfermedad de Crohn, la colitis ulcerosa, la esclerosis múltiple o la enfermedad de Graves. En el caso de los bosques obesos, los riesgos que padecen les amenazan de muerte, entre ellos los incendios forestales. Las acumulaciones de biomasa en su interior son tan elevadas que en caso de producirse una ignición por insignificante que pueda ser,  sin su estructura atlética, la del mosaico, están prácticamente condenados a calcinarse.

Ahora nos encontramos en un nuevo punto de inflexión donde podemos devolver a los bosques a su estado atlético, que no esquelético. Los ciudadanos, gobiernos y entidades tenemos un importante reto por delante, aunque el fuego y el cambio climático se hayan adelantado ¿Cómo? Pues entre otras muchas medidas, la primera será  que aceptemos la necesidad de cortar árboles en los bosques. Ya después  se podrán plantear decenas de medidas que habrá tiempo de comentar en este blog.

¿Te ha gustado? ¡Comparte!

Un comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *