Ángel Roldán Martínez. Ingeniero de Montes
Cuando se producen inundaciones catastróficas, como las que estos días afectan a distintas zonas de Andalucía, solemos mirar al cielo y señalar a la lluvia. Sin embargo, en un país mediterráneo como España, donde los episodios de lluvias intensas han existido siempre, la pregunta clave no es solo cuánto llueve, sino qué ocurre con esa agua cuando llega al suelo.
Un tejado o una esponja
Un monte degradado, sin árboles ni matorral, se comporta como un tejado inclinado: el agua cae y sale disparada ladera abajo, se concentra rápidamente en barrancos y ríos y llega con gran energía. El resultado son avenidas violentas e inundaciones.
Un monte bien gestionado funciona justo al contrario, como una esponja: la vegetación frena la lluvia, el suelo la absorbe y el agua llega a los cauces poco a poco, repartida en el tiempo y con mucha menos fuerza.
Enseñar al monte a beber
De eso trata la restauración hidrológico-forestal, una disciplina de la ingeniería que actúa sobre cuencas degradadas para devolverles su capacidad natural de infiltrar, almacenar y regular el agua de lluvia. No se trata solo de plantar árboles, sino de aplicar soluciones de la Ingeniería de Montes que combinan la obra civil y la forestal para que el monte vuelva a aprender a beber la lluvia y a soltarla con calma.
Su objetivo es sencillo de entender: que la mayor parte del agua se infiltre en el suelo y que el resto, la escorrentía superficial, tarde más en llegar a ríos y barrancos. Y que cuando este agua alcance los ríos, discurra con menos energía, reduciendo su capacidad erosiva sobre los cauces, minimizándose el riesgo de desbordamientos y daños.
¿Cómo se consigue?
Las actuaciones se desarrollan en tres frentes principales:
En los barrancos, mediante diques y pequeñas presas que frenan el agua del caudal y retienen sedimentos.
En las laderas, con obras sencillas de piedra y tierra que reducen la erosión del suelo y lo estabilizan.
En el monte, mediante repoblaciones forestales y una gestión adecuada de las masas arboladas, optimizando su función reguladora.
Sierra Espuña: donde nació la restauración hidrológico-forestal
El origen de esta disciplina en España está ligado a una de las mayores catástrofes naturales de nuestra historia: la riada de Santa Teresa de 1879. Aquellas lluvias torrenciales provocaron una avenida devastadora en la cuenca del Segura, con más de mil víctimas mortales y enormes pérdidas materiales en las ciudades de Murcia y Orihuela.
Las sierras de cabecera, como Sierra Espuña, estaban entonces prácticamente desnudas tras siglos de deforestación y sobrepastoreo. El agua caía sobre suelos sin estructura y descendía sin freno hacia el valle.

Estado de degradación que presentaba la cubierta forestal en el barranco del Marrón Largo en Sierra Espuña en el siglo XIX
La respuesta fue revolucionaria: no bastaba con actuar en el río, era imprescindible restaurar los montes. Tres ingenieros de montes —José Musso, Ricardo Codorníu y Juan Ángel de Madariaga— diseñaron un plan integral basado en diques, obras en ladera y repoblaciones forestales con especies adaptadas como el pino carrasco.


En la imagen de la izquierda instalación de faginas en el barranco de Leyva en Sierra Espuña para evitar la erosión de las laderas, 1900. En la imagen derecha dique Cabezo del Aire en Huerta Espuña, 1895.
Más de un siglo después, Sierra Espuña es un bosque continuo de casi 18.000 hectáreas que fija los suelos, lamina las avenidas y protege al valle del Segura. La ciudad de Murcia ya no sufre las inundaciones catastróficas del siglo XIX gracias a aquellos trabajos que enseñaron a las montañas a beber agua.
Málaga y el Guadalmedina: una lección al aire libre
Durante siglos, la ciudad de Málaga padeció inundaciones recurrentes provocadas por el carácter torrencial del río Guadalmedina. La causa principal fue la profunda transformación del paisaje en su cuenca. Los antiguos bosques de encinas y alcornoques desaparecieron tras la Reconquista, dando paso a cultivos de cereal y, más tarde, fueron sustituido por viñedos.
A finales del siglo XVIII, la zona se convirtió en una de las principales regiones productoras y exportadoras de vino del país. Entonces, el paisaje se llenó de lagares desde donde se trasladaba el vino y la uva pasa al puerto de Málaga. Con la llegada de la filoxera en el siglo XIX, la enfermedad acabó con todas las vides de la provincia. Como consecuencia la mayor parte de los terrenos quedaron abandonados y otros se destinaron a almendros, olivos o al pastoreo caprino, lo que agravó aún más la degradación del suelo.

Lagar de Torrijos y Benefique. Comienzos de la década de 1930. Archivo: Delegación Territorial de Sostenibilidad, Medio Ambiente y Economía Azul en Málaga
Al igual que el paisaje cambió radicalmente, el río Guadalmedina también lo hizo. Y sucedió porque el suelo forestal perdió su capacidad de infiltrar agua, que comenzó a escurrir ladera abajo cargada de sedimentos, erosionando el terreno y alcanzando el cauce con gran energía. El río se volvió plenamente torrencial cuando las precipitaciones eran intensas.
Las consecuencias fueron dramáticas: en el siglo XIX se registraron 18 riadas y en el XX destacó la de 1907, que causó 30 víctimas mortales solo en la ciudad de Málaga. Este episodio evidenció la necesidad de actuar en los montes que rodeaban la ciudad.

Estado de la calle Carretería de Málaga tras las inundaciones de Septiembre de 1907. Fuente: Archivo Municipal de Málaga
A partir de 1927 se iniciaron grandes trabajos de restauración hidrológico-forestal de nuevo por los ingenieros de montes: repoblaciones con pino piñonero, pino carrasco y pino negral, acompañadas de chopos y sauces, además de la construcción de más de 30 diques y de 400 faginas para frenar la escorrentía que necesitaron más de 13.000 m3 de piedra. Una labor ingente que ni siquiera se detuvo en plena Guerra Civil y que conllevó la dolorosa expropiación de más de un centenar de fincas y volvió a transformar de nuevo el paisaje.
Aquellos montes desnudos pasaron a ser el actual Parque Natural Montes de Málaga. Otras actuaciones puramente civiles, como el pantano del Agujero o la canalización del tramo final del Guadalmedina, demostraron ser insuficientes por sí solas frente al problema de los sedimentos.
Una vez más, la clave fue enseñar al monte a beber agua. Por eso, incluso en episodios de lluvias intensas como los actuales, Málaga ya no sufre las inundaciones históricas que la castigaron durante siglos, gracias a la labor silenciosa y a largo plazo de la restauración hidrológico-forestal realizada por los ingenieros de montes.
Una lección clara
La restauración hidrológico-forestal demuestra que los bosques bien gestionados son una auténtica infraestructura verde de protección civil y de recarga de acuíferos. Y aunque no eliminan las crecidas, pero evitan que se conviertan en desastre.
Sierra Espuña y los Montes de Málaga nos recuerdan que la mejor defensa frente a las inundaciones empieza en los montes, con inversiones a largo plazo y con esas “obras silenciosas” que reorganizan el paisaje y transforman el riesgo en beneficio para el territorio.


Un comentario
Magnífico.